MI MADRE, MI HÉROE

May 10th, 2017

MI MADRE, MI HÉROE

Para la mayoría de niños su madre es lo único constante en sus vidas. El momento en que murió mi madre me hizo reflexionar sobre esta realidad.

Hasta la edad de diez años yo vivía con mi madre en México mientras mi padre vivía en los EE.UU. Una vez que llegué a la edad adulta, las circunstancias de la vida determinaron que mi madre permanecería cerca de mí. Es decir, ella vivía conmigo o era mi vecina.

Su proximidad nos permitió compartir momentos únicos de madre y un hijo que mostraban cómo ella siempre estaba tratando de mejorar mi vida. Puedo recordar el día que llegué a casa y fui a visitarla y la encontré llorando. Pensé que la familia había sufrido una tragedia. Entre lágrimas me dijo que accidentalmente había quemado un agujero en el pantalón de mi casi nuevo traje de diseñador famoso. Ella estaba planchándolo para salvarme de tener que llevarlo a la tintorería. Le dije que no se preocupara, pero sé que probablemente sintió que el incidente me molestó. En retrospectiva, no creo que mi reacción fue tan reconfortante como la situación requería. Ese es un ejemplo de un momento triste que un niño, con tardanza, desea poder revivir.

De manera regular, por la tarde, mi madre miraba por la ventana de su cocina hacia mi casa. Si mi coche estaba en el camino de entrada, ella me llamaba para preguntarme si tenía hambre. Echo de menos el queso guisado que me hacía con frijoles y tortillas de maíz. Mi esposa tiene la teoría de que el buen sabor del platillo originaba en la salsa que mi madre hacía. Eso es cierto. Pero yo creo que existe una amabilidad inimitable en madres que adoran profundamente a sus hijos que se manifiesta en el acto de cocinar. Y eso es lo que hace los platillos que madres preparan eternamente especiales en los ojos de sus hijos.

Para todos los niños, las madres son su primer maestro. Para mis hermanos y yo esto era aún más cierto, ya que ella también fue nuestra primera profesora formal. Mi madre enseñó en la escuela primaria, de kinder a tercer grado. Ella nos enseñó a leer y escribir. Para el segundo grado, ella nos enseñó las tablas de multiplicar del uno al 12. Más importante aún, a través de su liderazgo como educador en una pequeña comunidad, nos proporcionó un ejemplo de lo que era ser una persona comprensiva, respetuosa y responsable. Formal e informalmente, su comportamiento siempre enfatizaba poner a otros antes que a uno mismo y ser justo en el trato con todas las personas.

Es difícil encontrar las palabras para expresar lo que significa una madre para un hijo, y el impacto que tiene en lo que se convierte su criatura. En este caso el impacto fue inmenso y me gustaría pensar que soy en mente, forma y alma totalmente producto de mi madre. Inconscientemente, esto puede ser el caso para la mayoría de los niños.

Con el paso del tiempo, yo correspondí la ayuda que mi madre siempre felizmente me dio. Mi esposa y yo la incluíamos en todos nuestros planes. Huimos el huracán Rita como una familia y sufrimos el impacto del huracán Ike juntos. También la tomamos en cuenta en vacaciones de la familia, incluyendo un viaje a Miami, donde nos quedamos en un hotel en la avenida Collins, a una cuadra de la mundialmente conocida South Beach. Menciono este viaje porque experimentamos un momento incómodo pero divertido. Inconscientemente, cuando caminamos a la playa nos encontramos en una zona donde las mujeres estaban tomando el sol topless. Mi madre probablemente había leído sobre este tipo de playa en la revista People en español. No creo que ella penso que lo iba vivir en persona. Ella también nos acompañó al River Walk, a el Álamo y, a Sea World en San Antonio y a varios parques de Texas. Si no fuera por las enfermedades de la edad, hubiera ido con nosotros en nuestro último viaje a California por la carretera interestatal 10. Estoy seguro de que la topografía desde El Paso a Los Ángeles le hubiera hecho sentirse como si estaba en la tierra donde nació y se crió. Yo siempre quise que ella tuviera la oportunidad de sentir la majestuosidad de mirar el Océano Pacífico.

Como muchos hijos, cuando su salud comenzó a sufrir, con el apoyo de mis hermanos, hice arreglos para que alguien cuidara de ella cuando yo no estaba. Aun así, la visitaba diariamente para asegurar que comió y tomó su medicamento en la mañana y la tarde. Un año o un poco antes de su muerte me di cuenta de que yo la estaba perdiendo y lo comparti en condolencias que exprese a personas que sufrieron la muerte de su madre antes que yo. Razoné que las madres pasan toda su vida trabajando sin descanso para que sus hijos tengan lo necesario para sobrevivir en las diferentes etapas de la vida. Con el tiempo, el trabajo duro desgasta su cuerpo. Entonces, la muerte física de una madre no es más que el descanso tranquilo y eterno que Dios les concede por su buen trabajo. Comprender las leyes de la naturaleza o la voluntad de Dios ayuda a poner claridad a lo inevitable, pero no hace el hecho más fácil de aceptar.

Ver a una madre poco a poco marchitarse es una experiencia dolorosa. Para mí, ser testigo de primera mano del deterioro físico y mental de mi madre me causó explosiones de llanto solitarias que se produjeron con tanta frecuencia que me pregunte si me quedarían lágrimas para el momento de su muerte. Esa es la dificultad de la buena fortuna de tener una madre tan cerca de ti.

En uno de los últimos días que pudo comunicarse conmigo, me llamó usando mi apodo de la infancia. Su rostro se iluminó con una sonrisa cuando entré a su cuarto. Expresó que amaba a sus hijos y padres, cuando me acerqué a ella. Presentí que había aceptado la idea de dejarnos. Pero sus lágrimas indicaban que estaba agonizando, tal vez por la idea de dejar a su familia, especialmente a quienes ella creía todavía que dependían de ella. Yo expresé mi agradecimiento por sus esfuerzos diarios por mi bienestar. Yo quería que ella fuera consciente de mi infinito amor por ella. Pero, ninguna de las palabras que le dije eran suficiente para expresar lo que sentía.

“Toro, mi rey”. Esas fueron las últimas palabras que me dirigió. Esas palabras perduran y me mantienen. Siento su calor en ellas. Son como la bendición que ella siempre me administraba antes de irme de viaje. Sirven como un recordatorio para cumplir siempre con sus expectativas. Cuando me siento deprimido, las palabras reverberan a través de mi ser y me levantan, me recuerdan que mi madre puede haber desaparecido físicamente, pero ella está conmigo en todos momentos.

Cuando era niño, la idea de un héroe siempre se asoció con tener una figura masculina a quien admirar. Así, yo anhelaba un héroe al que imitar en mi vida. Ahora me doy cuenta de que desde la niñez hasta la edad de adulto tuve la suerte de tener una heroína a mi lado casi todos los segundos de su vida.

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